martes, 29 de septiembre de 2009

Closure

Suena la alarma de mi despertador a las seis de la mañana. Metello me mira, mitad enojado, mitad triste, y repite: "quilomba girl, always quilomba girl". Además de quilomba, soy torpe, por lo que se me cae el celular y tardo más en apagarlo.

Nos quedamos abrazados un rato. La poca luz que entra de la calle refleja en sus ojos húmedos. Sin mirarme, se levanta y se viste. Me apura para que haga lo mismo. No puedo llegar tarde al aeropuerto. Ya es la segunda vez que pospongo el vuelo a París. Es hora de seguir.

Reviso la habitación, hago el check-out y buscamos la parada del colectivo. Un chico de unos 21 años está tirado en la vereda, borrachísimo. Metello se enoja porque le duele el dolor ajeno y el propio, y lo ayuda a incorporarse.

Por siete euros, llegás de la zona de Temple Bar al aeropuerto de Dublín. El trayecto de 45 minutos es sombrío. Abrazados, mi cabeza en su hombro, mis manos en sus manos; y él, como siempre, alternando entre su mirada dulce y tímida, que comparte conmigo, y un mirar pesado y complejo, buscando quién sabrá qué en el horizonte. "Thank you, Karenitta, you gave me happy days in Dublin", es de lo poco y mucho que dice.

Bajar del colectivo es difícil. Muchos suspiros, la respiración entrecortada, entrecejos elevados, visión comprometida. Amable y tranquilamente, lleva mi equipaje. Me mira, se muerde el labio, sonríe, y entramos.

Despacho todo con un nudo en la garganta. Nos sentamos juntos, abrazados, besándonos. Ya no puedo contener las lágrimas. Me mira, me mira mucho. Me besa con todo el cuerpo, de una manera imposible de olvidar. Es hora de abordar. Me agarra la cara entre las manos, respira hondo y me despide con una misión y un deseo: "find a good man". Se da media vuelta, se va, me mira mientras camina, sigue adelante y vuelve a mirar. Esta vez, me hace señas para que no lo mire más. No le hago caso. Él busca la salida, se pierde entre la muchedumbre y se convierte en el pasado. Lloro sola en el hall de un aeropuerto, sola, solísima, lejos de mi familia, lejos de mis amigos, y nunca tan lejos de él.

Por suerte, el avión está vacío. Elijo un asiento del lado de la ventanilla, a varios metros del resto de los pasajeros, para que mi sollozo no perturbe a nadie. La azafata me mira extrañada, pero no debe ser la primera vez que una pasajera con el corazón roto recurre a una de las últimas filas.

Escribo en mi diario de viaje e intento en vano contener las lágrimas. Un hombre francés de unos 35 años, rubio, de ojos azules y sonrisa pícara me mira. Lo miro, bajo la mirada; me mira él, y así hasta que coincidimos. A la segunda, me sonríe y saluda con la mano. Más allá del bien y del mal, le devuelvo la sonrisa y el saludo. Se me acerca liviano, yo soy la densidad misma, me cuenta que es chef, le gusta que soy argentina, luce su castellano básico de colegio y me da su número para salir en París. Jamás lo llamo. Tampoco llamo al marroquí y al suizo que conozco después.

Metello me persigue en mi mente hasta hoy. Cada vez que veo a un italiano, cada vez que canto "Ring of Fire", de Johnny Cash, cada vez que veo un patrullero, cada vez que me halagan la voz, cada vez que conozco a un hombre que resulta no ser bueno, cada vez que un hombre me cuida, ahí está. Si pudiera odiarlo, sería más fácil. Si se hubiese terminado el amor, sería facilísmo.

En cambio, me despidió con esa misión y ese deseo. Me la hizo difícil, pero la hizo bien, por mi bien.

Hoy, desvelada, pensando en Metello y llorándolo por última vez, lo entierro entre los recuerdos, lo convierto en anécdota, y empiezo a vivir el presente, el aquí y ahora. Por fin pude escribirlo. Si lo estás leyendo, es porque soy libre.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Pecho inflado

Caí en un patrón, pero de esos patrones buenos: el de los hombres galantes.

Los que me miran de arriba a abajo y de nuevo arriba y después, sonríen tímidamente.
Los que me ponen del lado de adentro de la calle cuando caminamos.
Los que me sostienen el paraguas.
Los que con gusto cargan mis 37 bolsas y me abren el ascensor con los dientes.
Los que utilizan adjetivos categóricos y originales para referirse a mi persona.
Los que me recomiendan libros, películas y obras de teatro.
Los que me sorprenden con sus habilidades especiales.
Los que disfrutan del humor de una mujer sagaz.
Los que me despiden con un piropo customizado e inteligente.
Los que me llaman.
Los que reciben mis llamados con gusto.
Los que entendieron que no es lo mismo estar o no estar conmigo.

Y me voy a dormir sola, pero feliz. Porque me la creo, y debería.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Cenando con Topishi

Me gusta estar a solas con Topishi. Compartimos las risas y las amarguras, además del ADN.

Topishi me sigue en mi asociación libre. Le comento que hoy dan tira de cola. Me mira extrañada. Le sostengo la mirada. Le doy cinco segundos, y ahí viene el "ahhhhhhhhhh... America's Next Top Model".

Podemos hablar de tira de cola, pero el sexo es tabú. Algo de pudor nos queda.

Seguimos con los comentarios bizarros. Nuestros padres están a la orden del día. Le pregunto a cuál de los dos preferiría parecerse. "A ninguno", responde tajante. Y entonces replico: "Pero imaginate que tenés que elegir, no hay opción. Es como en esos juegos que te preguntan ¿Cómo preferís morir: quemada o ahogada?". Topishi ríe vívamente mientras nos cae la ficha de la asociación.

martes, 15 de septiembre de 2009

Porque el público se renueva: Me voy a morir vieja y sola

Los artículos pedorros en websites estadounidenses ídem sobre citas hablan siempre de las parejas que se conocen en las librerías. Me parecía un concepto tan horriblemente yankie que no pensé que algo pseudo así podría ocurrir en este país, y menos a mí. Igual, les voy adelantando que la arruiné. Sí, la soplé (''I blew it'').
Estoy en Yenny y no encuentro uno de los libros que estoy buscando. Me acerco a la vendedora.
Karench:- Hola, estoy buscando ''Operación Masacre'', de Rodolfo Walsh, pero no lo encuentro.
Vendedora va a consultar y escucho inmediatamente una voz símil Luis Otero que intenta interactuar conmigo.
Luis Otero:- ¡Ah, ''Operación Masacre''! Gran libro.
Me doy vuelta para ver al dueño de tan hermosa y estimulante melodía. El chabón. Perfecto exponente del macho intelectual con onda. Hombre del agrado de la autora de este blog. El calor interno se apodera de mí e imposibilita toda liberación de comentario espontáneo y/o interesante.
Luis Otero:- ¿Estudias en TEA?
Karench:- (asombrada) Sí, en TEA Imagen.
Luis Otero:- Yo estudié en TEA. Y si te interesa el género entrevista, leé ''Grandes entrevistas del siglo XX''. (Aviso que no puedo asegurar que ese haya sido el título que en efecto me dijo, pero suena a nombre de libro, ¿no?)
Empiezo a transpirar cual virgen en noche de bodas. Juro por Dios que no puedo pensar en nada para decir. Ya no me interesa que sea ingenioso o gracioso. No puedo emitir comentario aunque mi vida dependa de ello. Sorprendemente, logro pronunciar una secuencia de vocablos que tienen que ver un poco con el tema tratado.
Karench:- Yo estudio en TEA Imagen, y en Producción Periodística tengo un profesor que nos hace leer un par de títulos copados.
Luis Otero:- ¿Cómo se llama?
Karench: -X.
Luis Otero:- Ah, lo conozco.
Karench:- (tras una pausa incómoda y larga a tal punto que parecía durar lo que dura la muerte) ¿Y estás trabajando de periodista?
Luis Otero:- Sí.
Karench:- ¿Dónde estás?
Luis Otero:- En Caras.
Vendedora:- No quedó ''Operación Masacre'' y no está en ninguna sucursal.
Karench:- (a Venderora) Ah, bueno. Gracias. (A Luis Otero)¡Gracias, chau!
Luis Otero:- (confundido) Chau.
Me doy media vuelta. Latigazo mental que persiste y me azota incluso hasta el momento. Todo lo que malo que una puede pensar sobre una misma, todo eso está en mi cabeza hasta ahora. Ni siquiera el nombre le pregunté.
Me sacaron de mi elemento. La que siempre sabe qué decir, la que apura al otro, la que pone nerviosa al otro, la que hace transpirar al otro, la que dobla la apuesta, la que siempre dice algo picante, algo inteligente, algo diferente; hoy se quedó muda.
Hay que estar lista para cualquier cosa, porque si sigo así, empiecen a regalarme gatos y lana de distintos colores, porque voy a recibir la vejez en compañía de mis felinos y bufandas.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Aire

Hoy, desayuno detox, en todos los sentidos. Como toda rehabilitación, empieza a la fuerza. Esta vez, a fuerza de una heladera vacía.

Encuentro unas tostaditas Riera perdidas, un fondito de queso blanco y una mermelada light de no sé qué combinación frutal. No entiendo para qué las rotulan si todas tienen el mismo gusto a gelatina con edulcorante. Remato con un mate cocido for kids, mi infusión de cabecera para consumir en el hogar. Agradezco a Carito la presentación. Corrijo: agradezco a Piñeiro la definición ("es el único que debe haber").

En esta mañana, que se siente como una mañana de domingo, me tomo un momento para ver la luz del sol en el living de casa. En un PH de Florida, la semana laboral todavía no comenzó. No hay colectivos cerca y nadie sale apurado. El aire fresco entra sin esfuerzo y, sin que una se dé cuenta, está parando la pelota. La cabeza deja de ir a mil. Sin darme cuenta, bajé.

Pongo ABBA, la música de la niñez de mis amigas, según sus propias palabras. La música de mi niñez es Queen. Recuerdo cuando mi padre le regaló orgulloso a mi madre su primer reproductor de CD, allá por el año 1991, y entre los artistas elegidos -algo de Phil Collins, uno que tenía una especie de carrousel en la tapa- se encontraban dos discos que me acompañan hasta hoy: "Queen, Greatests Hits II" y "Classic Queen". Ponía la mecedora al lado del parlante y lloraba como un adulto con "It's a Hard Life". Acto seguido, me iba a jugar al arenero.

Pongo ABBA y revivo el fin de semana. Siento que el lunes es un descanso de tanto trajín, de tantas idas y venidas (físicas), de tantas risas, de tanto llanto, de tanto pensar. Después del abanico de estímulos de los últimos cuatro días, un poco de simpleza es lo que necesito. No la voy a dejar escapar.

Y entonces, llega de nuevo esa bocanada de aire fresco, de liviandad.

martes, 1 de septiembre de 2009

De la boca del Sr. K. para todos ustedes

La Srita. K. desempolva las havainas con la bandera de Brasil, las cuales tenían seguro dos meses más de reposo, y se pone una pollera de jean tres veces más delgada que su gemela de mayo.

Después de darle unas palmaditas cariñosas al perro del vecino -que es la personificación (o perrificación) de Huesos/Ayudante de Santa-, se dispone a ingresar al auto del Sr. K.

El Sr. K. habla poco, por eso no va con rodeos. Utiliza el mismo lenguaje para conversar con sus hijos, el empleado y el enemigo. No conoce los eufemismos ni distingue entre edades o vínculos.

El Sr. K. quiere, pero quiere raro. No es el papá de Alf. No es padre de Kafka tampoco. Es un hombre sin filtro. ¿Qué quieren? Ser criado por una sobreviviente de Auschwitz no es gratis.

La Srita K. se ingresa en la EcoSport color champagne (aunque él manejaría dichoso cualquier otro tipo de vehículo con tal de que cumpla la función de ir del punto A al B). Él la saluda con un beso seco en la mejilla. El contacto físico extendido no está entre sus virtudes, por lo que pasa directo a la charla protocolar.

-Hola, Srita. K., ¿cómo estás?
-Hola, Sr. K., ¿todo bien?
-Todo bien, ¿vos?
-Bien. ¿Estás de novia?

La Srita. K. está sorprendida. Los sucesos de la pasada semana ameritan una mejora en su humor, pero el bienestar es intangible. Será la serotonina. Intenta salir airosa de la situación y replica:

-Eh… no. ¿Por qué?
-No, nada, es que tenés cara de estar de novia. (Recordemos que el Sr. K. no utiliza eufemismos: si hubiese querido decir otra cosa, habría dicho
esa cosa)

Una vez que la cara de la Srita. K. vuelve a su estado natural, remata rápidamente:

-No, Sr. K., pero conocí a un tipo que la tiene más ancha que la 9 de Julio y chupa como borracho en bodega mendocina.

Acto seguido, el Sr. K. sintoniza la BBC y no emite palabra hasta llegar a destino. Ella, por primera vez, no transpira durante un día de calor.

Si no está listo para una respuesta sincera, que no se haga el padre superado.