martes, 27 de octubre de 2009

Lo que me dejaron los 25

  • Un mentor y amigo del alma.
  • Un grupo afianzado de amigas de fierro, compañeras, consejeras, mentoras y seguidoras.
  • Una adicción a los tacos (hablo de zapatos -mexicano, te trabajo a duras penas).
  • Unas polleras aliadas.
  • Una carrera nueva que me intriga y me estimula.
  • Una larga cabellera.
  • Más fauna masculina de todo tipo para seguir -en vano- en la lucha por descifrar la mente del macho porteño (nacido o por adopción). Cada personaje pintoresco aportó lo suyo.
  • Un poquito menos de autocrítica. La pérdida se compensa con la dosis necesaria de autobombo justificado y merecido.
Seguro me estoy olvidando de un par de aspectos, pero ahora, a menos de una hora de cumplir 26, no puedo evitar ver lo positivo. Y no es de ilusa, es de alegre. Mis 25 fueron excelentes, sé que este nuevo año será mejor.

viernes, 16 de octubre de 2009

Last Chongo from LAndon

Llegamos a Kika con EmmaPeel y la petaca de la fortuna y diviso trío de pibes. "Chicas, ya estamos gestionadas", digo al pasar. Rondamos un poco más. Soy pelado magnet esta noche, y me charla uno medio creepy pero que sirve para ponerme en onda. Luego relojearía otro calvo.

Rockeamos un rato y empezamos a dar vueltas. "La primera que ve un negro, se lo tiene que apretar", apuro, pero soy la primera en avistar un hermano africano y me como los mocos. Detectamos de nuevo al trío con un rubio de camisa blanca que está lindo. La petaca lo confirma y reconfirma. Me hago la diva: lo miro sin dejar de caminar. Al rato volvemos, le clavo la mirada, pero no pasa naranja.

Regresamos a la pista para cabecear "pandulces". Le reproducimos algunos pasos de Carmen Electra a la petaca para que le vaya tomando el gustito y ChRuSI (Chongo Rubio Super Identificado) me está mirando insistentemente. Con una caipiroska en el torrente sanguíneo, asumo que me lo estoy imaginando (ya sabemos que me enpedo de nada, no me juzguen). Pero la petaca lo confirma: "Chiquita, el rubio de la camisa blanca te está mirando". Me apuran para que lo encare, cosa que me cuesta a veces (siempre). Hago un par de pasos símil Carmen y veo que sigue mirando. "Si no la cagué con eso, no la cago con nada", pienso. Me terminan de convencer aclarando que tiene pinta de gringou, así que más pajo que su chamuyo no puedo ser.

Me acerco diciendo no sé qué cazzo en castellano y me hace señas e intenta decir que no me entiende. Ahí me doy cuenta de que esa táctica no falla: le podría haber dicho "boludo, está lloviendo y dejé toda la ropa en la terraza" e igualmente me habría dado pie para el clásico "how long have you been here for?".

Bueno, long story short: chamoooooshou bailingui, me dice que es contador (lo pedís, lo tenés. Hace un par de días me quejé de que todos son complicados y de que nunca me toca un perito), pero que renunció al laburo porque no es lo que quiere hacer. Le contesto "no te preocupes por lo que vas a hacer, hoy divertite. Yo estoy acá para asegurarme de que la pases bien". Frase muy de LPQNTA.

Besamos. Besamos y bailamos Annie Lennox. Besamos y quiero bailar Pet Shop Boys, pero lo haré otro día. Una vez que no bailo con un amigo gay, la tengo que romper. En un respiro, veo una palmera amiga que se despide pudorosa y me acerca mis pertenencias. Después de mucho chape, le chanto un "let's go" y partimos al cogedero más próximo (sorry por lo de "cogedero", pero es una palabra que no uso nunca y me parece super gráfica).

El momento de la verdad. El pibe tiene un
cuerpazo y se esmera en complacer, pero parece que le llevo alguna que otra noche de ventaja. Para colmo de males, en un momento casi se me escapa un "¿Yasta?". Se dio cuenta de que se había metido en las grandes ligas sin haber pasado por inferiores, y no le quedó otra que matarme con cariño. Sesiones largas de besos onda "nos amamos profundamente", mucho abrazo, mucho mimo tierno. Cuando nos estamos yendo, le confieso: "sacaste mi lado dulce. Quién lo hubiese imaginado". El pibe se portó super bien. Me dejó su tarjeta, pero ya cumplió su cometido y se vuelve el lunes a su Londinium natal.

Colocador fuera de lo azul. Como explica
GuonderGuman, que siga el que pase.

viernes, 9 de octubre de 2009

Marcha sangre hebrea para Sanatorio Las Lomas

Me acerco al Centro Hematológico de Av. Córdoba al 6400. Me olvido de comprar un Cachafaz por si me desmayo. "Si me caigo, que me agarren".

"Salí demasiado bien vestida para donar sangre", pensé. Pero después me retracté: yo quiero estar bella, así que lo bien que hago en ponerme lo que crea correcto. Quizás la remera roja sea too much para la ocasión. Quizás sea lo que corresponda. Quizás les importa un pito. Quizás ni se dieron cuenta y yo estoy perdiendo el tiempo pensando en mi ropa.

Caigo en la cuenta de que el donante que está en la sala de espera, además de estar desde antes que yo, está bueno. Si hay sangre de por medio, da para levante pasional.

Después del interrogatorio de rigor ("¿Tenés relaciones? ¿Siempre con la misma persona? ¿Hombre o mujer? ¿Usás preservativo?"), pasamos a lo importante. En la sala, hay un par de sillones muy parecidos a los de Chandler y Joey cuando están reclinados. Me envalentono y pongo las piernas en alto sin riesgo de
peep show. El decoro ante todo. A mi lado, está el pibe en plena extracción. Temo desmayar y hacer el ridículo. Y si me pasa algo, tampoco puedo aspirar a que el flaco al que le acaban de sacar medio litro de sangre me socorra al mejor estilo Clark Gable.

Me pinchan. Miro el reloj. La bolsa tarda diez minutos en llenarse. Contra todo pronóstico, estoy lúcida. Hasta hago chistes con las enfermeras. Termina el trámite, me preguntan cómo me siento, y no dudo en explicar: "espléndida".

Miro al pibe donante para establecer el contacto, y la escena es triste: grandotón está pálido, con un algodón embebido en un líquido para no desmayarse, tomando un tang para reponer azúcar.

Bajo delicadamente del sofá mientras entierro mentalmente la historia del levante sanguíneo. Si yo salí espléndida, el hombre que esté a mi lado tiene que salir corriendo una maratón. Adoptá el rol que te corresponde porque no te pienso atajar. La damisela en apuros, debería ser yo. Y no estoy en apuros, así que dejate de escenitas mariconas.

martes, 6 de octubre de 2009

El robo del lustro (no da para siglo)

El lunes pelo vestido gris con botas. El martes opto por la pollera de jean oscura. El lunes pelo pechuga, el martes alego gambas. Dignas de pilar, pero garpan. La única que se queja de eso, soy yo. En fin, lo bien que hago en elegir los atuendos.

El lunes sirve de regreso a las pistas. Miradas por aquí, miradas por allá, un mirón repulsivo en el tren, pero nada traumático.

Lo jugoso empieza el martes (el día de las gambas). Evidentemente, la pollera está desterrada del ropero veinteañero promedio. Si no estás estudiando alguna ciencia exacta, pocas son las que tienen una falda y tacos para usar durante los días hábiles. Así que el detalle femenino suma doble. Desde el minuto cero, estás un tanto arriba.

Llega a la oficina Martin Router King. MRK coquetea furioso y piropea ocurrente. Si se esmera tanto en impresionarme, debe ser porque soy digna de impresionar, así que dejo que se pavonee. (Sin embargo, es crucial que MRK recuerde que para reina, estoy yo. Que no me compita porque se queda sin público.) MRK jura que era -más- guapo cuando era joven. Se quiere hacer el viejo, pero le aconsejo que desista porque resta. Me muestra unos videos en youtube. Se sienta demasiado cerca mío, demasiado cerca para las tres de la tarde de un martes. Vemos los videos, nos reímos, apoya su frente en mi hombro con cada risa y me ofrece un chocolate. "Me estás llevando por el mal camino", le advierto. MRK arruga o se rescata y vuelve a sus miradas clandestinas antes de retirarse. A la hora de los bifes, evidencia que perro que ladra, no muerde.

Los martes se convirtieron oficialmente en el "Día de encontrarse con el pasado en el andén de estación Martínez". El martes pasado, fue Don Traición, que parece que no se enteró que comparte el título de "personaje nefasto al cual se le niega el saludo" con cutthroat bitch y gymboy.

Este martes es una versión menos peligrosa: Brahma Boy. Me intercepta en el vagón, así que no me queda otra que guardar el iPod y ponerme social. Brahma Boy es lindo. Morocho, ojos verdes, grandote, linda boca, lindos dientes. Me mira íntegra. Tácitamente, aprueba mi atuendo. "Golazo de media cancha", pienso. Pero me bajo en Belgrano: es demasiado idiota como para darle.

Me meto al subte. Enfrente mío, se sube Pibe Piercing. No me suelen gustar los flacos con joyas faciales, pero a este le quedaba muy bien. Me mira un poquito, lo miro un poquito yo. Mira mis botas. Mira al costado. Me vuelve a mirar. Veo que me mira y da vuelta la cara. Se corre un poco para quedar simétricamente delante mío. Me sonrío sola. Adopta posición de chongo: una mano en el bolsillo, la otra agarra el caño superior. Me tengo que cuidar de no mirarlo demasiado, ya me conozco. Es cuestión de no intimidar. Es también como un documental para la National Geographic: a la bestia hay que darle espacio. Se para al lado mío cuando se libera el lugar. Apoya un brazo en la ventana y otro en su cintura. Me saco un auricular para que me hable, pero es medio tímido el muchacho.

Llego a Facultad de Medicina. Es hora de bajar. Salgo del vagón y lo miro. Me siguen sus ojos. Las puertas se cierran. Me acerco a la ventana, anulo el filtro y le robo un beso lento e intenso. Lo miro de nuevo, le sonrío y sigo caminando.

Mientras el subte se aleja, me río perversamente. No siento culpa y ya estoy lista para lo que viene. Él se queda perplejo y yo siento la impunidad de la testosterona.