viernes, 18 de diciembre de 2009

Tristeza nao tem fim

Paso una, dos, tres veces. A la tercera, me quedo al lado. GuonderGuman y yo miramos fijo. "Caño", acordamos tácitamente.

Varias veces, cuando diviso un muchacho considerado caño, hay acuerdo entre las partes. Pero en el 84% de los casos, paso por un período de ansiedad y de barullo mental autoflagelador: que no, que no le voy a gustar, que seguro ni me registró, que seguro tiene novia, que seguro es puto (esta es la que más se da en los casos en los que no hay coincidencia).

Pero hay un 16% de situaciones en las cuales la ventana del boicot no existe, y es jugando de visitante (léase anywhere but Buenos Aires) o hablando en foráneo. ¿Qué califica como "foráneo"? Español vs mismo idioma pero con otro acento, inglés (en mi caso, el que más garpa), portugués y un par de guarangadas en italiano.

Esta es una de las historias en foráneo. Va en español para su mejor comprensión.

Volviendo al babeo telepático con GuonderGuman, vemos que charla con una minita sin mucho entusiasmo. En efecto, no es nuestra lengua la que utilizan. Ella se aleja, entonces me acerco decidida a preguntarle de dónde es. Caño se da vuelta. Es más lindo todavía de cerca. Lindos ojos, linda boca, lindos dientes (fundamental), linda altura (sí, hay alturas lindas y alturas feas).

Caño resulta ser brasileño y siento que me saqué la quiniela del MERCOSUR. Tiene 23 años, y aunque me da un poco de paja la edad, pienso que es una buena oportunidad para reivindicar al par de púberes de la lista. Le hablo con confianza, digna de la impunidad de la internacionalidad (véase "la impunidad de la testosterona"), y nos reímos. Hablamos de astrología. Que soy de escorpio, que mi ascendente está en aries y que mi luna está en leo; que él es de sagitario y blah blah blah.

Caño es timidón, entonces, entre que hay buitres sobrevolando y la minita que retorna, es momento de plantar bandera.

Yo: Bueno, yo en realidad, venía a invitarte a bailar.
Caño: Uh, pero yo no sé bailar.

¿Dónde se vio un brasuca que no sepa bailar? Todo bien con que te hagas el tímido, pero como le escuché una vez decir a una muchacha: todo tiene un límite.

Yo: Daaaaaaale, es una cuestión de actitud (y eso es verdad).
Caño: No tengo.

Me tocó un brasuca fallado. Un insulto a mi sangre mitad carioca.

O quizás haya sido la edad. Y así, volvemos al status quo. Confirmado: menores de 30, no te trabajo.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Pasa en la vida, pasa en las películas

Conozco al tocayo en una fiesta buena onda, de esas de las que una se transforma en habitué y la anfitriona sabe tu nombre y te acercás a saludar al DJ con un beso en la mejilla.

El tocayo ganó en una noche competitiva. Algunos de los que quedaron por el camino: el pasea-perros, el buscador de roommate, el puto confundido y el brasuca. Ganó porque charlar con él es fácil y divertido. Ganó por actitú. Ganó por remador. Ganó por usar bien el recurso de mi sombrero (aprovechó el ice-breaker visual). Ganó por conservador with a twist. "A mí no me gusta conocer a una mina y coger enseguida", explicó. Acto seguido, me tomó de la mano, sacó de la galera acento berreta centroamericano y le preguntó a GuonderGuman: "¿Tú quiere' que Karen y io tengamo' la cópula?" Ganó por ser tan pícaro que yo and yet respetuoso. No siempre encuentro a un tipo que me siga la charla de igual a igual.

El tocayo me da su tarjeta y yo anticipo que no lo voy a llamar, que yo también soy conservadora. Se autollama desde mi cel, nos despedimos, me mira a los ojos y me asegura: "te llamo."

Bajo las escaleras y suena mi teléfono. Número que no registré. Contesto, no escucho nada y Somuchso señala las escaleras y pregunta si es él. Es él. "Ah, pero al final, sos re stalker", lo gasto. Suma que se ría, y suma el llamado. Le termino gritando por la escalera que le doy el visto bueno. Nos vamos. Gascón no es lo suficientemente ancha para abarcar mi ego.

EL FOLLOW-UP
Día siguiente, 8pm. Cadena de mensajes.
Tocayo: ¿Dormiste tranquila?
Yo: Como un angelito. ¿Vos?
Tocayo: Solo y aburrido.

Acá decido meterle un poco de humor a la cuestión y recuerdo el llamado dominical del jefezinho y lo uso.

Yo: A mí me despertó mi jefe a las 11.30 para preguntarme qué es lo que más me gusta de mi trabajo. Después, me cantó una canción de cuna. Sola, sí. Aburrida, no...
Tocayo: Yo volviendo a casa en tren.

"Ahora me voy a hacer un poco la linda", pienso.

Yo: Yo seguiré de fiaca. Fin de año agitado. La culpa de todo la tiene el sombrero.
Tocayo: ¿Me lo prestás, bombón?

Esto se está convirtiendo en never-ending texting. Hay que cortarlo. Recuerdo el tip de Gerard en "The Ugly Truth": keep the conversation under a minute. Lo repito cual mantra y lo traduzco en sms.

Yo: Ganátelo. Vas por buen camino. Beso.

Va por buen camino. Cuando quieren hacer las cosas bien, las hacen bien.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La dama de hielo sale a escena

Cuando quiero, puedo ser muy fría. Lo heredé de mi padre. Paso de la sensibilidad extrema a la falta de empatía total. Puedo morir de amor por un perro e ignorar a una persona al siguiente instante. Lo que es peor, puedo herirlos intencionalmente.

Me despido de los Zonkovic y de Emma Peel y camino por Palermo. No me doy cuenta de que me perdí hasta que llego a Borges. No desespero mucho porque tengo una vaga idea de dónde estoy, pero no puedo evitar no entender cómo llegué ahí. El fresco se cuela entre mis dedos, no me molesta caminar de más.

Paso por Plaza Serrano y está atestado de grupos de amigos y amigas buscando conocerse; un tipo le pregunta a una amiga por una chica a la que invitó a salir, un contingente de brasileños camina por la calle y grita como si estuvieran en el Maracaná intentando hablar con un sordo que está en la otra punta. Me gusta mirar a la gente, no me molesta caminar de más.

Me subo al colectivo y me siento al lado de un tipo que está ocupando la mitad de mi asiento. Me molesta que ni siquiera haga la escena de "me pongo derecho para ocupar sólo la parte que me corresponde", que a pesar de no funcionar demasiado, es un gesto de cortesía. Miro por la ventana y pienso en lo de hacer la escena de y en lo mucho que extraño actuar.

Mis ojos recorren sin querer los diversos asientos. Identifico a un individuo de sexo masculino y abro el fichero mental. Controlo los músculos faciales para no delatar que lo reconozco.

Bambi fue compañero hace unos seis años, cuando entré al estudio de Augusto. Es muy alto, tiene barba de hace una semana, el pelo castaño y ojos azules y redondos de Animé. Yo tenía 20 y él, 29. Me parecía re grande. Me habría enamorado violentamente de él si no me hubiese quemado la cabeza. Cómo hablaba este pibe, por Dios... Blablablablablablablabla, monocorde, poco articulado, poco interesante. Todos los días, me venía con el informe de su vida. Me saturó. Tampoco compensaba con dotes actorales. Por ahí, le hubiera dado por buen actor, pero ni eso.

De repente, identifico en mi campo visual una mano que me saluda. Es Bambi. Juego conmigo misma al desafío actoral y decido hacerle la escena de "disculpame, no te tengo". Lo miro y me mira con esos ojos gentiles de Bambi y su sonrisa tímida. No puedo creer que estoy a punto de lastimarle un poco el orgullo, pero no me arrepiento sobre la marcha. Todo bien chiquito, en su medida justa, muy con el otro: Augusto me hubiese felicitado.

Bambi: ¡Hola!
Karen: Hola...
Bambi: ¿No te acordás de mí?
Karen: No...
Bambi: ¿Ya me olvidaste?
Karen: Y sí -a los hombres hay que olvidarlos.

Y a costa del orgullo ajeno, me acordé de todas las veces que le remarco a mi abuela que escuche lo que dice.

martes, 27 de octubre de 2009

Lo que me dejaron los 25

  • Un mentor y amigo del alma.
  • Un grupo afianzado de amigas de fierro, compañeras, consejeras, mentoras y seguidoras.
  • Una adicción a los tacos (hablo de zapatos -mexicano, te trabajo a duras penas).
  • Unas polleras aliadas.
  • Una carrera nueva que me intriga y me estimula.
  • Una larga cabellera.
  • Más fauna masculina de todo tipo para seguir -en vano- en la lucha por descifrar la mente del macho porteño (nacido o por adopción). Cada personaje pintoresco aportó lo suyo.
  • Un poquito menos de autocrítica. La pérdida se compensa con la dosis necesaria de autobombo justificado y merecido.
Seguro me estoy olvidando de un par de aspectos, pero ahora, a menos de una hora de cumplir 26, no puedo evitar ver lo positivo. Y no es de ilusa, es de alegre. Mis 25 fueron excelentes, sé que este nuevo año será mejor.

viernes, 16 de octubre de 2009

Last Chongo from LAndon

Llegamos a Kika con EmmaPeel y la petaca de la fortuna y diviso trío de pibes. "Chicas, ya estamos gestionadas", digo al pasar. Rondamos un poco más. Soy pelado magnet esta noche, y me charla uno medio creepy pero que sirve para ponerme en onda. Luego relojearía otro calvo.

Rockeamos un rato y empezamos a dar vueltas. "La primera que ve un negro, se lo tiene que apretar", apuro, pero soy la primera en avistar un hermano africano y me como los mocos. Detectamos de nuevo al trío con un rubio de camisa blanca que está lindo. La petaca lo confirma y reconfirma. Me hago la diva: lo miro sin dejar de caminar. Al rato volvemos, le clavo la mirada, pero no pasa naranja.

Regresamos a la pista para cabecear "pandulces". Le reproducimos algunos pasos de Carmen Electra a la petaca para que le vaya tomando el gustito y ChRuSI (Chongo Rubio Super Identificado) me está mirando insistentemente. Con una caipiroska en el torrente sanguíneo, asumo que me lo estoy imaginando (ya sabemos que me enpedo de nada, no me juzguen). Pero la petaca lo confirma: "Chiquita, el rubio de la camisa blanca te está mirando". Me apuran para que lo encare, cosa que me cuesta a veces (siempre). Hago un par de pasos símil Carmen y veo que sigue mirando. "Si no la cagué con eso, no la cago con nada", pienso. Me terminan de convencer aclarando que tiene pinta de gringou, así que más pajo que su chamuyo no puedo ser.

Me acerco diciendo no sé qué cazzo en castellano y me hace señas e intenta decir que no me entiende. Ahí me doy cuenta de que esa táctica no falla: le podría haber dicho "boludo, está lloviendo y dejé toda la ropa en la terraza" e igualmente me habría dado pie para el clásico "how long have you been here for?".

Bueno, long story short: chamoooooshou bailingui, me dice que es contador (lo pedís, lo tenés. Hace un par de días me quejé de que todos son complicados y de que nunca me toca un perito), pero que renunció al laburo porque no es lo que quiere hacer. Le contesto "no te preocupes por lo que vas a hacer, hoy divertite. Yo estoy acá para asegurarme de que la pases bien". Frase muy de LPQNTA.

Besamos. Besamos y bailamos Annie Lennox. Besamos y quiero bailar Pet Shop Boys, pero lo haré otro día. Una vez que no bailo con un amigo gay, la tengo que romper. En un respiro, veo una palmera amiga que se despide pudorosa y me acerca mis pertenencias. Después de mucho chape, le chanto un "let's go" y partimos al cogedero más próximo (sorry por lo de "cogedero", pero es una palabra que no uso nunca y me parece super gráfica).

El momento de la verdad. El pibe tiene un
cuerpazo y se esmera en complacer, pero parece que le llevo alguna que otra noche de ventaja. Para colmo de males, en un momento casi se me escapa un "¿Yasta?". Se dio cuenta de que se había metido en las grandes ligas sin haber pasado por inferiores, y no le quedó otra que matarme con cariño. Sesiones largas de besos onda "nos amamos profundamente", mucho abrazo, mucho mimo tierno. Cuando nos estamos yendo, le confieso: "sacaste mi lado dulce. Quién lo hubiese imaginado". El pibe se portó super bien. Me dejó su tarjeta, pero ya cumplió su cometido y se vuelve el lunes a su Londinium natal.

Colocador fuera de lo azul. Como explica
GuonderGuman, que siga el que pase.

viernes, 9 de octubre de 2009

Marcha sangre hebrea para Sanatorio Las Lomas

Me acerco al Centro Hematológico de Av. Córdoba al 6400. Me olvido de comprar un Cachafaz por si me desmayo. "Si me caigo, que me agarren".

"Salí demasiado bien vestida para donar sangre", pensé. Pero después me retracté: yo quiero estar bella, así que lo bien que hago en ponerme lo que crea correcto. Quizás la remera roja sea too much para la ocasión. Quizás sea lo que corresponda. Quizás les importa un pito. Quizás ni se dieron cuenta y yo estoy perdiendo el tiempo pensando en mi ropa.

Caigo en la cuenta de que el donante que está en la sala de espera, además de estar desde antes que yo, está bueno. Si hay sangre de por medio, da para levante pasional.

Después del interrogatorio de rigor ("¿Tenés relaciones? ¿Siempre con la misma persona? ¿Hombre o mujer? ¿Usás preservativo?"), pasamos a lo importante. En la sala, hay un par de sillones muy parecidos a los de Chandler y Joey cuando están reclinados. Me envalentono y pongo las piernas en alto sin riesgo de
peep show. El decoro ante todo. A mi lado, está el pibe en plena extracción. Temo desmayar y hacer el ridículo. Y si me pasa algo, tampoco puedo aspirar a que el flaco al que le acaban de sacar medio litro de sangre me socorra al mejor estilo Clark Gable.

Me pinchan. Miro el reloj. La bolsa tarda diez minutos en llenarse. Contra todo pronóstico, estoy lúcida. Hasta hago chistes con las enfermeras. Termina el trámite, me preguntan cómo me siento, y no dudo en explicar: "espléndida".

Miro al pibe donante para establecer el contacto, y la escena es triste: grandotón está pálido, con un algodón embebido en un líquido para no desmayarse, tomando un tang para reponer azúcar.

Bajo delicadamente del sofá mientras entierro mentalmente la historia del levante sanguíneo. Si yo salí espléndida, el hombre que esté a mi lado tiene que salir corriendo una maratón. Adoptá el rol que te corresponde porque no te pienso atajar. La damisela en apuros, debería ser yo. Y no estoy en apuros, así que dejate de escenitas mariconas.

martes, 6 de octubre de 2009

El robo del lustro (no da para siglo)

El lunes pelo vestido gris con botas. El martes opto por la pollera de jean oscura. El lunes pelo pechuga, el martes alego gambas. Dignas de pilar, pero garpan. La única que se queja de eso, soy yo. En fin, lo bien que hago en elegir los atuendos.

El lunes sirve de regreso a las pistas. Miradas por aquí, miradas por allá, un mirón repulsivo en el tren, pero nada traumático.

Lo jugoso empieza el martes (el día de las gambas). Evidentemente, la pollera está desterrada del ropero veinteañero promedio. Si no estás estudiando alguna ciencia exacta, pocas son las que tienen una falda y tacos para usar durante los días hábiles. Así que el detalle femenino suma doble. Desde el minuto cero, estás un tanto arriba.

Llega a la oficina Martin Router King. MRK coquetea furioso y piropea ocurrente. Si se esmera tanto en impresionarme, debe ser porque soy digna de impresionar, así que dejo que se pavonee. (Sin embargo, es crucial que MRK recuerde que para reina, estoy yo. Que no me compita porque se queda sin público.) MRK jura que era -más- guapo cuando era joven. Se quiere hacer el viejo, pero le aconsejo que desista porque resta. Me muestra unos videos en youtube. Se sienta demasiado cerca mío, demasiado cerca para las tres de la tarde de un martes. Vemos los videos, nos reímos, apoya su frente en mi hombro con cada risa y me ofrece un chocolate. "Me estás llevando por el mal camino", le advierto. MRK arruga o se rescata y vuelve a sus miradas clandestinas antes de retirarse. A la hora de los bifes, evidencia que perro que ladra, no muerde.

Los martes se convirtieron oficialmente en el "Día de encontrarse con el pasado en el andén de estación Martínez". El martes pasado, fue Don Traición, que parece que no se enteró que comparte el título de "personaje nefasto al cual se le niega el saludo" con cutthroat bitch y gymboy.

Este martes es una versión menos peligrosa: Brahma Boy. Me intercepta en el vagón, así que no me queda otra que guardar el iPod y ponerme social. Brahma Boy es lindo. Morocho, ojos verdes, grandote, linda boca, lindos dientes. Me mira íntegra. Tácitamente, aprueba mi atuendo. "Golazo de media cancha", pienso. Pero me bajo en Belgrano: es demasiado idiota como para darle.

Me meto al subte. Enfrente mío, se sube Pibe Piercing. No me suelen gustar los flacos con joyas faciales, pero a este le quedaba muy bien. Me mira un poquito, lo miro un poquito yo. Mira mis botas. Mira al costado. Me vuelve a mirar. Veo que me mira y da vuelta la cara. Se corre un poco para quedar simétricamente delante mío. Me sonrío sola. Adopta posición de chongo: una mano en el bolsillo, la otra agarra el caño superior. Me tengo que cuidar de no mirarlo demasiado, ya me conozco. Es cuestión de no intimidar. Es también como un documental para la National Geographic: a la bestia hay que darle espacio. Se para al lado mío cuando se libera el lugar. Apoya un brazo en la ventana y otro en su cintura. Me saco un auricular para que me hable, pero es medio tímido el muchacho.

Llego a Facultad de Medicina. Es hora de bajar. Salgo del vagón y lo miro. Me siguen sus ojos. Las puertas se cierran. Me acerco a la ventana, anulo el filtro y le robo un beso lento e intenso. Lo miro de nuevo, le sonrío y sigo caminando.

Mientras el subte se aleja, me río perversamente. No siento culpa y ya estoy lista para lo que viene. Él se queda perplejo y yo siento la impunidad de la testosterona.

martes, 29 de septiembre de 2009

Closure

Suena la alarma de mi despertador a las seis de la mañana. Metello me mira, mitad enojado, mitad triste, y repite: "quilomba girl, always quilomba girl". Además de quilomba, soy torpe, por lo que se me cae el celular y tardo más en apagarlo.

Nos quedamos abrazados un rato. La poca luz que entra de la calle refleja en sus ojos húmedos. Sin mirarme, se levanta y se viste. Me apura para que haga lo mismo. No puedo llegar tarde al aeropuerto. Ya es la segunda vez que pospongo el vuelo a París. Es hora de seguir.

Reviso la habitación, hago el check-out y buscamos la parada del colectivo. Un chico de unos 21 años está tirado en la vereda, borrachísimo. Metello se enoja porque le duele el dolor ajeno y el propio, y lo ayuda a incorporarse.

Por siete euros, llegás de la zona de Temple Bar al aeropuerto de Dublín. El trayecto de 45 minutos es sombrío. Abrazados, mi cabeza en su hombro, mis manos en sus manos; y él, como siempre, alternando entre su mirada dulce y tímida, que comparte conmigo, y un mirar pesado y complejo, buscando quién sabrá qué en el horizonte. "Thank you, Karenitta, you gave me happy days in Dublin", es de lo poco y mucho que dice.

Bajar del colectivo es difícil. Muchos suspiros, la respiración entrecortada, entrecejos elevados, visión comprometida. Amable y tranquilamente, lleva mi equipaje. Me mira, se muerde el labio, sonríe, y entramos.

Despacho todo con un nudo en la garganta. Nos sentamos juntos, abrazados, besándonos. Ya no puedo contener las lágrimas. Me mira, me mira mucho. Me besa con todo el cuerpo, de una manera imposible de olvidar. Es hora de abordar. Me agarra la cara entre las manos, respira hondo y me despide con una misión y un deseo: "find a good man". Se da media vuelta, se va, me mira mientras camina, sigue adelante y vuelve a mirar. Esta vez, me hace señas para que no lo mire más. No le hago caso. Él busca la salida, se pierde entre la muchedumbre y se convierte en el pasado. Lloro sola en el hall de un aeropuerto, sola, solísima, lejos de mi familia, lejos de mis amigos, y nunca tan lejos de él.

Por suerte, el avión está vacío. Elijo un asiento del lado de la ventanilla, a varios metros del resto de los pasajeros, para que mi sollozo no perturbe a nadie. La azafata me mira extrañada, pero no debe ser la primera vez que una pasajera con el corazón roto recurre a una de las últimas filas.

Escribo en mi diario de viaje e intento en vano contener las lágrimas. Un hombre francés de unos 35 años, rubio, de ojos azules y sonrisa pícara me mira. Lo miro, bajo la mirada; me mira él, y así hasta que coincidimos. A la segunda, me sonríe y saluda con la mano. Más allá del bien y del mal, le devuelvo la sonrisa y el saludo. Se me acerca liviano, yo soy la densidad misma, me cuenta que es chef, le gusta que soy argentina, luce su castellano básico de colegio y me da su número para salir en París. Jamás lo llamo. Tampoco llamo al marroquí y al suizo que conozco después.

Metello me persigue en mi mente hasta hoy. Cada vez que veo a un italiano, cada vez que canto "Ring of Fire", de Johnny Cash, cada vez que veo un patrullero, cada vez que me halagan la voz, cada vez que conozco a un hombre que resulta no ser bueno, cada vez que un hombre me cuida, ahí está. Si pudiera odiarlo, sería más fácil. Si se hubiese terminado el amor, sería facilísmo.

En cambio, me despidió con esa misión y ese deseo. Me la hizo difícil, pero la hizo bien, por mi bien.

Hoy, desvelada, pensando en Metello y llorándolo por última vez, lo entierro entre los recuerdos, lo convierto en anécdota, y empiezo a vivir el presente, el aquí y ahora. Por fin pude escribirlo. Si lo estás leyendo, es porque soy libre.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Pecho inflado

Caí en un patrón, pero de esos patrones buenos: el de los hombres galantes.

Los que me miran de arriba a abajo y de nuevo arriba y después, sonríen tímidamente.
Los que me ponen del lado de adentro de la calle cuando caminamos.
Los que me sostienen el paraguas.
Los que con gusto cargan mis 37 bolsas y me abren el ascensor con los dientes.
Los que utilizan adjetivos categóricos y originales para referirse a mi persona.
Los que me recomiendan libros, películas y obras de teatro.
Los que me sorprenden con sus habilidades especiales.
Los que disfrutan del humor de una mujer sagaz.
Los que me despiden con un piropo customizado e inteligente.
Los que me llaman.
Los que reciben mis llamados con gusto.
Los que entendieron que no es lo mismo estar o no estar conmigo.

Y me voy a dormir sola, pero feliz. Porque me la creo, y debería.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Cenando con Topishi

Me gusta estar a solas con Topishi. Compartimos las risas y las amarguras, además del ADN.

Topishi me sigue en mi asociación libre. Le comento que hoy dan tira de cola. Me mira extrañada. Le sostengo la mirada. Le doy cinco segundos, y ahí viene el "ahhhhhhhhhh... America's Next Top Model".

Podemos hablar de tira de cola, pero el sexo es tabú. Algo de pudor nos queda.

Seguimos con los comentarios bizarros. Nuestros padres están a la orden del día. Le pregunto a cuál de los dos preferiría parecerse. "A ninguno", responde tajante. Y entonces replico: "Pero imaginate que tenés que elegir, no hay opción. Es como en esos juegos que te preguntan ¿Cómo preferís morir: quemada o ahogada?". Topishi ríe vívamente mientras nos cae la ficha de la asociación.

martes, 15 de septiembre de 2009

Porque el público se renueva: Me voy a morir vieja y sola

Los artículos pedorros en websites estadounidenses ídem sobre citas hablan siempre de las parejas que se conocen en las librerías. Me parecía un concepto tan horriblemente yankie que no pensé que algo pseudo así podría ocurrir en este país, y menos a mí. Igual, les voy adelantando que la arruiné. Sí, la soplé (''I blew it'').
Estoy en Yenny y no encuentro uno de los libros que estoy buscando. Me acerco a la vendedora.
Karench:- Hola, estoy buscando ''Operación Masacre'', de Rodolfo Walsh, pero no lo encuentro.
Vendedora va a consultar y escucho inmediatamente una voz símil Luis Otero que intenta interactuar conmigo.
Luis Otero:- ¡Ah, ''Operación Masacre''! Gran libro.
Me doy vuelta para ver al dueño de tan hermosa y estimulante melodía. El chabón. Perfecto exponente del macho intelectual con onda. Hombre del agrado de la autora de este blog. El calor interno se apodera de mí e imposibilita toda liberación de comentario espontáneo y/o interesante.
Luis Otero:- ¿Estudias en TEA?
Karench:- (asombrada) Sí, en TEA Imagen.
Luis Otero:- Yo estudié en TEA. Y si te interesa el género entrevista, leé ''Grandes entrevistas del siglo XX''. (Aviso que no puedo asegurar que ese haya sido el título que en efecto me dijo, pero suena a nombre de libro, ¿no?)
Empiezo a transpirar cual virgen en noche de bodas. Juro por Dios que no puedo pensar en nada para decir. Ya no me interesa que sea ingenioso o gracioso. No puedo emitir comentario aunque mi vida dependa de ello. Sorprendemente, logro pronunciar una secuencia de vocablos que tienen que ver un poco con el tema tratado.
Karench:- Yo estudio en TEA Imagen, y en Producción Periodística tengo un profesor que nos hace leer un par de títulos copados.
Luis Otero:- ¿Cómo se llama?
Karench: -X.
Luis Otero:- Ah, lo conozco.
Karench:- (tras una pausa incómoda y larga a tal punto que parecía durar lo que dura la muerte) ¿Y estás trabajando de periodista?
Luis Otero:- Sí.
Karench:- ¿Dónde estás?
Luis Otero:- En Caras.
Vendedora:- No quedó ''Operación Masacre'' y no está en ninguna sucursal.
Karench:- (a Venderora) Ah, bueno. Gracias. (A Luis Otero)¡Gracias, chau!
Luis Otero:- (confundido) Chau.
Me doy media vuelta. Latigazo mental que persiste y me azota incluso hasta el momento. Todo lo que malo que una puede pensar sobre una misma, todo eso está en mi cabeza hasta ahora. Ni siquiera el nombre le pregunté.
Me sacaron de mi elemento. La que siempre sabe qué decir, la que apura al otro, la que pone nerviosa al otro, la que hace transpirar al otro, la que dobla la apuesta, la que siempre dice algo picante, algo inteligente, algo diferente; hoy se quedó muda.
Hay que estar lista para cualquier cosa, porque si sigo así, empiecen a regalarme gatos y lana de distintos colores, porque voy a recibir la vejez en compañía de mis felinos y bufandas.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Aire

Hoy, desayuno detox, en todos los sentidos. Como toda rehabilitación, empieza a la fuerza. Esta vez, a fuerza de una heladera vacía.

Encuentro unas tostaditas Riera perdidas, un fondito de queso blanco y una mermelada light de no sé qué combinación frutal. No entiendo para qué las rotulan si todas tienen el mismo gusto a gelatina con edulcorante. Remato con un mate cocido for kids, mi infusión de cabecera para consumir en el hogar. Agradezco a Carito la presentación. Corrijo: agradezco a Piñeiro la definición ("es el único que debe haber").

En esta mañana, que se siente como una mañana de domingo, me tomo un momento para ver la luz del sol en el living de casa. En un PH de Florida, la semana laboral todavía no comenzó. No hay colectivos cerca y nadie sale apurado. El aire fresco entra sin esfuerzo y, sin que una se dé cuenta, está parando la pelota. La cabeza deja de ir a mil. Sin darme cuenta, bajé.

Pongo ABBA, la música de la niñez de mis amigas, según sus propias palabras. La música de mi niñez es Queen. Recuerdo cuando mi padre le regaló orgulloso a mi madre su primer reproductor de CD, allá por el año 1991, y entre los artistas elegidos -algo de Phil Collins, uno que tenía una especie de carrousel en la tapa- se encontraban dos discos que me acompañan hasta hoy: "Queen, Greatests Hits II" y "Classic Queen". Ponía la mecedora al lado del parlante y lloraba como un adulto con "It's a Hard Life". Acto seguido, me iba a jugar al arenero.

Pongo ABBA y revivo el fin de semana. Siento que el lunes es un descanso de tanto trajín, de tantas idas y venidas (físicas), de tantas risas, de tanto llanto, de tanto pensar. Después del abanico de estímulos de los últimos cuatro días, un poco de simpleza es lo que necesito. No la voy a dejar escapar.

Y entonces, llega de nuevo esa bocanada de aire fresco, de liviandad.

martes, 1 de septiembre de 2009

De la boca del Sr. K. para todos ustedes

La Srita. K. desempolva las havainas con la bandera de Brasil, las cuales tenían seguro dos meses más de reposo, y se pone una pollera de jean tres veces más delgada que su gemela de mayo.

Después de darle unas palmaditas cariñosas al perro del vecino -que es la personificación (o perrificación) de Huesos/Ayudante de Santa-, se dispone a ingresar al auto del Sr. K.

El Sr. K. habla poco, por eso no va con rodeos. Utiliza el mismo lenguaje para conversar con sus hijos, el empleado y el enemigo. No conoce los eufemismos ni distingue entre edades o vínculos.

El Sr. K. quiere, pero quiere raro. No es el papá de Alf. No es padre de Kafka tampoco. Es un hombre sin filtro. ¿Qué quieren? Ser criado por una sobreviviente de Auschwitz no es gratis.

La Srita K. se ingresa en la EcoSport color champagne (aunque él manejaría dichoso cualquier otro tipo de vehículo con tal de que cumpla la función de ir del punto A al B). Él la saluda con un beso seco en la mejilla. El contacto físico extendido no está entre sus virtudes, por lo que pasa directo a la charla protocolar.

-Hola, Srita. K., ¿cómo estás?
-Hola, Sr. K., ¿todo bien?
-Todo bien, ¿vos?
-Bien. ¿Estás de novia?

La Srita. K. está sorprendida. Los sucesos de la pasada semana ameritan una mejora en su humor, pero el bienestar es intangible. Será la serotonina. Intenta salir airosa de la situación y replica:

-Eh… no. ¿Por qué?
-No, nada, es que tenés cara de estar de novia. (Recordemos que el Sr. K. no utiliza eufemismos: si hubiese querido decir otra cosa, habría dicho
esa cosa)

Una vez que la cara de la Srita. K. vuelve a su estado natural, remata rápidamente:

-No, Sr. K., pero conocí a un tipo que la tiene más ancha que la 9 de Julio y chupa como borracho en bodega mendocina.

Acto seguido, el Sr. K. sintoniza la BBC y no emite palabra hasta llegar a destino. Ella, por primera vez, no transpira durante un día de calor.

Si no está listo para una respuesta sincera, que no se haga el padre superado.