Me acerco al Centro Hematológico de Av. Córdoba al 6400. Me olvido de comprar un Cachafaz por si me desmayo. "Si me caigo, que me agarren".
"Salí demasiado bien vestida para donar sangre", pensé. Pero después me retracté: yo quiero estar bella, así que lo bien que hago en ponerme lo que crea correcto. Quizás la remera roja sea too much para la ocasión. Quizás sea lo que corresponda. Quizás les importa un pito. Quizás ni se dieron cuenta y yo estoy perdiendo el tiempo pensando en mi ropa.
Caigo en la cuenta de que el donante que está en la sala de espera, además de estar desde antes que yo, está bueno. Si hay sangre de por medio, da para levante pasional.
Después del interrogatorio de rigor ("¿Tenés relaciones? ¿Siempre con la misma persona? ¿Hombre o mujer? ¿Usás preservativo?"), pasamos a lo importante. En la sala, hay un par de sillones muy parecidos a los de Chandler y Joey cuando están reclinados. Me envalentono y pongo las piernas en alto sin riesgo de peep show. El decoro ante todo. A mi lado, está el pibe en plena extracción. Temo desmayar y hacer el ridículo. Y si me pasa algo, tampoco puedo aspirar a que el flaco al que le acaban de sacar medio litro de sangre me socorra al mejor estilo Clark Gable.
Me pinchan. Miro el reloj. La bolsa tarda diez minutos en llenarse. Contra todo pronóstico, estoy lúcida. Hasta hago chistes con las enfermeras. Termina el trámite, me preguntan cómo me siento, y no dudo en explicar: "espléndida".
Miro al pibe donante para establecer el contacto, y la escena es triste: grandotón está pálido, con un algodón embebido en un líquido para no desmayarse, tomando un tang para reponer azúcar.
Bajo delicadamente del sofá mientras entierro mentalmente la historia del levante sanguíneo. Si yo salí espléndida, el hombre que esté a mi lado tiene que salir corriendo una maratón. Adoptá el rol que te corresponde porque no te pienso atajar. La damisela en apuros, debería ser yo. Y no estoy en apuros, así que dejate de escenitas mariconas.