
Cuando quiero, puedo ser muy fría. Lo heredé de mi padre. Paso de la sensibilidad extrema a la falta de empatía total. Puedo morir de amor por un perro e ignorar a una persona al siguiente instante. Lo que es peor, puedo herirlos intencionalmente.
Me despido de los Zonkovic y de Emma Peel y camino por Palermo. No me doy cuenta de que me perdí hasta que llego a Borges. No desespero mucho porque tengo una vaga idea de dónde estoy, pero no puedo evitar no entender cómo llegué ahí. El fresco se cuela entre mis dedos, no me molesta caminar de más.
Paso por Plaza Serrano y está atestado de grupos de amigos y amigas buscando conocerse; un tipo le pregunta a una amiga por una chica a la que invitó a salir, un contingente de brasileños camina por la calle y grita como si estuvieran en el Maracaná intentando hablar con un sordo que está en la otra punta. Me gusta mirar a la gente, no me molesta caminar de más.
Me subo al colectivo y me siento al lado de un tipo que está ocupando la mitad de mi asiento. Me molesta que ni siquiera haga la escena de "me pongo derecho para ocupar sólo la parte que me corresponde", que a pesar de no funcionar demasiado, es un gesto de cortesía. Miro por la ventana y pienso en lo de hacer la escena de y en lo mucho que extraño actuar.
Mis ojos recorren sin querer los diversos asientos. Identifico a un individuo de sexo masculino y abro el fichero mental. Controlo los músculos faciales para no delatar que lo reconozco.
Bambi fue compañero hace unos seis años, cuando entré al estudio de Augusto. Es muy alto, tiene barba de hace una semana, el pelo castaño y ojos azules y redondos de Animé. Yo tenía 20 y él, 29. Me parecía re grande. Me habría enamorado violentamente de él si no me hubiese quemado la cabeza. Cómo hablaba este pibe, por Dios... Blablablablablablablabla, monocorde, poco articulado, poco interesante. Todos los días, me venía con el informe de su vida. Me saturó. Tampoco compensaba con dotes actorales. Por ahí, le hubiera dado por buen actor, pero ni eso.
De repente, identifico en mi campo visual una mano que me saluda. Es Bambi. Juego conmigo misma al desafío actoral y decido hacerle la escena de "disculpame, no te tengo". Lo miro y me mira con esos ojos gentiles de Bambi y su sonrisa tímida. No puedo creer que estoy a punto de lastimarle un poco el orgullo, pero no me arrepiento sobre la marcha. Todo bien chiquito, en su medida justa, muy con el otro: Augusto me hubiese felicitado.
Bambi: ¡Hola!
Karen: Hola...
Bambi: ¿No te acordás de mí?
Karen: No...
Bambi: ¿Ya me olvidaste?
Karen: Y sí -a los hombres hay que olvidarlos.
Y a costa del orgullo ajeno, me acordé de todas las veces que le remarco a mi abuela que escuche lo que dice.
